Junio 22, 2018 3:53 am


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Las universidades de la paz

Liliana Estupiñán Achury es la directora del doctorado en derecho de la Universidad Libre, y analiza en El Tiempo cómo las universidades tienen una gran responsabilidad en la construcción de la “paz completa”.

La paz no vende, no convoca, no compra votos y no enamora a este país del “sagrado corazón”.

De manera contradictoria, es la única que nos ha permitido volver al campo, a sitios antes vedados por la guerra, a ver a miles de turistas disfrutando de esta maravillosa geografía y del atroz abandono de nuestros pueblos. La misma intrusa que nos hace sintonizar noticieros más amables, con menos muertos, secuestros y tragedias.

Esa que tiene nombre de mujer, y que es aún tan invisible como ellas (recordando a Woolf), tan satanizada, tan vituperada. La misma que en silencio construye ciudadanía, nación o plurinación, esperanza y “buen vivir”, ya sea bajo la lectura del Sur o de América Latina, o del maravilloso filósofo liberal Ronald Dworkin.

Nada más lento y desagradecido que su proceso de construcción, además de infortunado. Este es un momento crucial para su futura consolidación, pero atravesado por lógicas clientelares, corrupción, mesianismo y egoísmo. Qué más querían todos estos monstruos de la moralidad humana que tener de forma eterna esta cortina de humo para esconder su autoritarismo, “ethos mafioso”, y sus privilegios y economía de guerra.

Pues el tema va lento y “la paz completa” la veremos luego de muchos “ires y venires”. Sabrán ustedes que durante décadas nos estuvimos matando, casi por deporte. No pretenderán que de la noche a la mañana se construya un paraíso en el infierno que habíamos creado. La tarea es inmensa y en esta ardua y altruista labor la iglesia, la academia, los medios de comunicación y todas las instituciones democráticas tendrán que trabajar sin descanso y de cara a sus principios misionales.

Las universidades, por ejemplo, tienen una gran responsabilidad en la construcción de la “paz completa”, por supuesto, desde la academia. Muchos de sus profesores fueron acribillados o desterrados por pensar o estudiar el conflicto (esto no puede repetirse nunca). Estas instituciones, como actores de paz, deben construir “ambientes” y “cátedras vivas de paz”. Este no es un asunto coyuntural ni de coqueteos con el candidato o posible Presidente de turno; no puede ser una decisión burocrática ni clientelar: es un tema de alta política académica de mediano y largo plazo.

El ejercicio se hace desde los observatorios, las aulas, los laboratorios, la investigación formativa y científica, los proyectos, la cooperación y la proyección social. Solamente las universidades, ajenas a los partidos o movimientos políticos, pueden y deben hacer la pedagogía de paz. Una deuda histórica, con consecuencias tan nefastas. Supongo que ‘el miedo’ o la ‘polarización’ permearon la academia por décadas, las consecuencias son evidentes.

Hoy muchas de estas instituciones están haciendo la tarea, más allá de Santos o del Presidente que asuma el rumbo de este país. De hecho, la comunidad académica avanza, y no es para menos, asiste al llamado histórico. Importante que las direcciones universitarias, tan proclives a los vaivenes de la política, en estos asuntos asuman total independencia y razón.

Hoy más que nunca se requiere de universidades dedicadas al estudio científico de los conflictos mundiales, sus procesos de finalización, el diseño de justicias de paz, la transicionalidad y sus retos con el derecho nacional e internacional, la reestructuración del campo, la industria, nuevas lógicas electorales, en fin, un sinnúmero de temas para la construcción de los territorios de paz y de las condiciones del nunca jamás.

En los tres frentes se tendrá que hacer la tarea: investigación, formación y proyección social para la paz.

Bienvenidos sean todos los hechos de paz de nuestras universidades. A propósito de esto, un hecho de paz que celebro con sororidad, es la llegada de la primera mujer al cuadro rectoral de la Universidad Nacional, la científica Dolly Montoya, quien invoca en su primer punto de plan de Gobierno su compromiso con el proceso de implementación de la paz.

Que sea de gran inspiración para otras universidades que aún no se animan a reconstruir este país a partir de la ciencia, y que siga acompañando a las demás que vamos haciendo la tarea con hechos y conocimientos para la consolidación de este sueño colectivo.

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