Las responsabilidades sobre la situación de Uniautónoma

Anuar Saaf Saad ha sido director del programa de Comunicación Social de Uniautónoma y una de las víctimas de la administración de Ramses Vargas. En Zonacero.com hace un juicio de responsabilidades al respecto.

Lo que pasó en la Uniautónoma del Caribe no tiene precedente en Colombia. Ni la magnitud del asalto criminal a sus finanzas por parte de algunos de sus directivos; ni la repetición funesta de dos administraciones criminales en los últimos quince años; ni la infortunada modificación estatutaria que garantiza la perpetuación en el poder de las familias corruptas, ni la protesta masiva liderada por estudiantes, profesores y directores de  los programas de Comunicación Social, Dirección y Producción de Radio y Televisión, Psicología y Deporte y Cultura física y el Departamento de Humanidades y a la que de inmediato se unieron los programas de Ingeniería y, paulatinamente, toda la universidad respaldada por el Sindicato.

Nadie sabe con exactitud cuánto se robaron. Los más mesurados hablan de 40 mil millones y otros, calculan 150 mil millones de pesos. Y es que una universidad que, a pesar de sus crisis jamás perdió estudiantes y se mantenía con un promedio de 10 mil en sus aulas, recaudando solo en matrículas casi 100 mil millones de pesos al año (sin incluir otros ingresos), no debería sufrir jamás de “flujo de caja” y mucho menos, no pagarle a sus empleados.

Para que se tenga una idea del dinero que se mueve en la Uniautónoma, solo en Comunicación Social (el programa más grande de la institución) hay 1160 estudiantes que generan alrededor de unos 11 mil millones de pesos al año. Y en los últimos 15 años a ese programa académico no se le ha invertido un solo peso.¿Cómo se puede explicar eso cuando en utilidad neta deja más de 7 mil millones al año? ¿A dónde se fue la plata? El panorama es, en todos los programas, desolador. Laboratorios sin equipos; aires funcionando al 50%; investigaciones inconclusas por falta de presupuesto a pesar de que Colciencias giraba los recursos pero estos mismos se “desviaban” a otras cuentas, planes de acción que, en el papel superaban los 200 millones por programa y apenas se autorizaban ejecutar 20 millones del total. Convenios con entes territoriales, gobernaciones y el Sena que parecen haber caído en manos de un mago laureado: en un dos por tres, desaparecieron todos esos ingresos.

¿A dónde fueron a parar los más de 7 mil millones en que vendieron el equipo? ¿A dónde los 12 mil millones del contrato con el Sena? ¿A dónde los ingresos por Atlántico Forte? ¿Dónde están los ingresos por el millonario contrato con la Gobernación del Magdalena para capacitar a sus docentes?

La corrupción es tan pestilente, que toda la universidad está hipotecada o vendida. Todos los activos que la Universidad tenía hoy no existen: ni el polideportivo, que terminó siendo una cloaca; ni el equipo de fútbol; ni el edificio de posgrado, ni la biblioteca. Ninguna de las casas a su alrededor, ni los cuatro apartamentos con que contaba para alojar a profesores visitantes, son hoy de la universidad: están hipotecados o vendidos, mientras que el paquidérmico e ineficiente Ministerio, trata de rescatar ahora, con las famosas “medidas de salvamento” del ahogado, el sombrero.

Cuando cayó Ramsés Vargas, hecho en que La W Radio contribuyó con sus informes persistentes sobre irregularidades al interior de la universidad,   empezaron a llover las denuncias a deshora sobre “falsificación en las actas” cuando muchos de esos mismos directivos sabían que se estaban robando el Alma Mater. Ahora se tiran la pelota, unos con otros, tratando de lavarse las manos. La verdad hay que decirla: aparte de Vargas y de sus compinches de marras (esos mismos que sin recato alguno van a misa los domingos y tienen el descaro de arrodillarse para recibir la hostia), el Ministerio de Educación también es culpable. Hace más de dos años tenía las denuncias, pruebas y testimonios de cómo se estaban robando a la Uniautónoma y con la negligencia más aterradora en noviembre de 2017 sentenciaron en un informe que “…la universidad anda bien. Solo tienen un impase de flujo de caja, pero sus activos la respaldan”.  

Para esa fecha  la universidad como tal  ya no existía. Para esa fecha, todos sus empleados estábamos en la ruina: con los sueldos embargados; con las tarjetas bloqueadas; los vehículos pignorados; desalojados de nuestras viviendas y, literalmente, muriéndonos de hambre. Pero para el Ministerio, todo estaba bien. Lo más doloroso es que por miedo, todos callamos. Por temor a perder nuestros empleos los directores aceptamos –bajo la amenaza de ser despedidos—rebajarnos en casi dos millones nuestro sueldo, mientras el nefasto rector se lo subía en más de 90 millones de pesos amparado en “bonificaciones” ilegales.

Fueron  18 días de protesta que al final, en un giro del destino, terminó liderada por  un sindicato al que se le reconoce que siempre denunció la corrupción criminal que cohabitaba en la U. Pero… ¿qué quedó después de esas más de dos semanas de paro? Esos 18 días de protesta dejó una universidad dividida hasta los intestinos. Donde los intereses particulares dejaron entrever los más bajos instintos de algunos funcionarios que jamás en su vida tuvieron  (ni tendrán) visibilidad  y que hoy, con la boca llena, tienen el descaro de decir que “todo está bien” y “nada ha pasado” traicionando, incluso, a los mismos estudiantes que, hay que reconocerlo, sí dieron la lucha por nosotros.

Hoy la Universidad quiere aparentar normalidad. Los profesores, divididos, no saben si dar o no las clases. Los estudiantes, divididos, no saben si recibirlas o no. Los directivos, divididos, no saben cómo enderezar el rumbo y generar credibilidad. Lo cierto es que aún hay salones vacíos; estudiantes dolidos porque se sienten engañados ya que por lo que lucharon --la salida de todos los curruptos- aún no se cristaliza.

Hoy la Autónoma es una sombra moribunda de lo que alguna vez fue. Una sombra que, para que se recupere, debe devolverle, primero, la dignidad a sus empleados de valía y reintegrar a muchos, que despidieron o renunciaron en medio del mandato corrupto. Debe entender que los movimientos sindicales son importantes, pero jamás, más importante que la Academia porque una universidad no es una fábrica de zapatos.

Para que la Autónoma sea la “universidad que el Caribe necesita” no se requiere de “perdón y olvido”. Se requiere, y con urgencia, de una directiva honesta y capaz, un rector empoderado y eficiente que dé señas que desea hacer las cosas bien y que garantice  que el cáncer enquistado en una sola familia y sus áulicos corruptos que la rodeaban, no entren jamás a la Universidad: ni a esta, ni a ninguna. Se requiere ganar la confianza de sus estudiantes; del sector empresarial, de los padres de familia y, sobre todo, de sus profesores.

Al final, los 18 días que estremecieron a la Autónoma, a la ciudad, la Región y al país, no dejó ganadores. Todos perdimos. La Autónoma perdió todo lo que alguna vez ganó a lo largo de 50 años: los estudiantes perdieron sus clases, a sus buenos profesores, su confianza en la institución y hasta la esperanza; muchos de los padres de familia, perdieron su dinero; los profesores perdimos la calidad de vida, la fe en la academia y hasta el amor propio; los egresados, perdieron el orgullo de ser Uniautónomos y, los corruptos, mataron a la gallina de los huevos de oro; el sindicato, fortalecido por ayudar a tumbar al rector, perdió la credibilidad de muchos de sus afiliados a los que hasta el sol de hoy no han visto un peso y el Ministerio, terminó desacreditado.

Mientras tanto, todos seguimos esperando el momento en que la justicia actúe. Que la Fiscalía agilice la expedición de órdenes de captura contra todos aquellos criminales que chuparon hasta la última gota de una institución, que era de todos, para que esos culpables terminen finalmente con sus huesos en la cárcel. Esos mismos que, increíblemente, aún están pelechando dentro de la Sala General y el Consejo Directivo como advertencia de que, aún sin Ramsés, hay quien vele “por sus intereses”.

La historia de la Uniautónoma no puede seguir escribiéndose sobre la que ya existe. Se necesita escribir otra con nuevos y mejores protagonistas para que poco a poco, y con la ayuda del inexorable tiempo, se puedan cerrar las heridas que han lesionado irreparablemente a la institución, sus empleados, estudiantes y egresados. Una nueva historia que tal vez nos lleve a otros 50 años para poder construir, por fin, esa Autónoma que el Caribe necesita.