“Pensé que usted lo hacía por vocación"

Creado en Miércoles, 14 Febrero 2018

Liliana Estupiñán es abogada y dirige el grupo de investigación en derecho constitucional y comparado de la Universidad Libre, y llama a la reflexión en torno del rol y la dignidad que debe tener el docente universitario frente a su pago y reconocimiento social. 

Hablar o escribir con rabia no es de buen recibo, pero ni modo, el dolor inspira. 

Leí una tesis doctoral, una, dos y tres veces. Lista para el tribunal de sustentación. Luego me llaman y piden papeles y papeles para hacerme un contrato de 4 horas (por menos de un millón de pesos), previa advertencia de pago de aportes de seguridad social. Al manifestar mi decepción, tuve toda clase de afrentas: “yo pensaba que usted lo hacía por la academia, y no por la plata”, “mejores académicos que usted lo hacen gratis”, “pensé que lo hacía por vocación”, “lamento haberla molestado”. Al final, fui relevada por no aceptar las condiciones del contrato y señalar mis diferencias sobre sus términos. Pobre estudiante, en estos momentos es el más perjudicado. 

Esta clase de situaciones son comunes en el mundo de la educación superior, especialmente, en el de las universidades privadas. No todas; algunas hacen bien la tarea y entienden que la calidad está tanto en el todo como en los detalles, en los baños, en las bibliotecas, en los estudiantes, en los docentes, en los salones, en los administrativos, en todo. El amor está en los detalles y en los buenos tratos. Una buena carrera docente, promoción de los jóvenes y respeto por los viejos. Todo un proceso de profesionalización de nuestra educación superior. 

Se ha avanzado, pero falta mucho. En una época ser docente era cuestión de honor. Hoy ser docente es mirado con algo de desprecio y desconsideración. Algo pasa. La situación se agrava en el mundo del derecho, tan proclive a “la fuga de la ciencia”. Los docentes abogados desean llegar a las altas cortes, magistraturas, grandes puestos, consultorías, y el desarrollo de prestigioso litigio. De hecho, los viejos docentes decían que dictaban clase “por gusto”, “ad honoren”, por simple vocación. Esto podría aplicar para aquellos dedicados en un alto porcentaje al ejercicio profesional o a viajar por todo el país y todas las universidades dictando clases (estos últimos podrían hacer muchas excepciones en aras de congraciarse con sus empleadores), no para quienes se profesionalizaron en las universidades y responden día a día por la construcción de academia; estos últimos merecen otras opciones. En otras palabras, lindas épocas, pero esta no es la academia actual. 

La docencia se profesionalizó, las universidades y los programas requieren de docentes de planta dedicados en un ciento por ciento a la producción académica y a la “dictadura de clases”. Estos seres extraños se forman para ser docentes en diversas áreas, estudian pregrado, maestría, doctorado, posdoctorado, deben saber dos y tres idiomas, escribir y escribir. A veces de tantos esfuerzos nos olvidamos de ser docentes, de estar con nuestros estudiantes: lo más importante. 

Hoy nuevamente hago un llamado sobre este tema, sobre la construcción ética y estética de nuestras universidades, sobre el respeto que merecen miles de docentes comprometidos con la educación superior, sobre el valor de las pequeñas y grandes cosas que se construyen en el mundo de la educación. Hoy más que nunca recuerdo y reitero la columna que me costó amigos y serias dificultades: “Pauperización docente. ¿Culpa de las universidades?”: https://estupinan-achury.blogspot.com.co/2016/05/pauperizacion-docente-culpa-de-las.html