Editorial de El Tiempo defiende continuidad de Ser Pilo Paga

En un editorial que parece como si hubiera sido redactado por Roberto Zarama (creador del programa) o Eduardo Behrentz (vicerrector de Los Andes) el diario El Tiempo defiende abiertamente la continudiad del programa Ser Pilo Paga ante el aumento de críticas al mismo.

Ya son más de 30.000 los jóvenes favorecidos por el programa Ser pilo Paga, una estrategia del Gobierno gracias a la cual los bachilleres más sobresalientes del país, pero que viven en condiciones de extrema carencia, pueden acceder a una universidad acreditada, bien sea pública o privada. 

Los resultados hablan: en enero se cumplirá la meta de 40.000 beneficiados, el margen de deserción llega apenas al 5 por ciento y la posibilidad de acceso a la educación superior de esta población pasó de 36 a 69 por ciento; hoy, el número de estudiantes en una universidad privada tiende a equilibrarse en todos los estratos, es decir, este factor pesa menos a la hora de acceder a educación de calidad. Si se mira en términos de inversión, significa una tasa de retorno para el país superior al 30 por ciento una vez los jóvenes terminen sus carreras y consigan empleo.

Por todas estas razones, Ser Pilo Paga es quizás el ejemplo más diciente de una política que reduce la brecha social en este frente y genera igualdad. Es de esperarse que las voces críticas que de un tiempo para acá vienen lanzando sectores políticos y académicos tengan en cuenta estos datos. Lo hacen amparadas en un argumento inexacto: que los pilos les están quitando recursos a las universidades públicas. 

Lo primero que debe advertirse es que los centros de educación superior de orden oficial forman parte del programa. Hoy, el 16 por ciento de los jóvenes cursan allí sus carreras. De otro lado, es bueno recordarles a esos críticos que los recursos invertidos en este esquema, que hoy bordean los 500.000 millones de pesos, provienen de reformas hechas por el Ejecutivo y recursos del presupuesto ordinario; ello significa que la base presupuestal de las universidades públicas no se ha afectado.

Con esto no se pretenden desconocer las afugias económicas que padecen muchas de ellas, pero ese es otro debate y debe abordarse en ámbitos distintos para no demeritar el logro conseguido hasta el momento con los pilos.

Resulta oportuno también señalar que los estudiantes beneficiados tienen la libertad de elegir la universidad que deseen. Mal haría el Gobierno en impedirles ese derecho. Otra cosa es que ellos no las consideren atractivas. Su calidad académica no se cuestiona, pero sí debe debatirse hasta qué punto protestas vandálicas contra bienes de la ciudad, como las vistas esta semana, terminan alimentando las dudas de padres y becarios.

Si los recursos del programa son de los estudiantes, es obvio que hacia allá deben enfocar sus esfuerzos las universidades públicas: en atraer ese talento para mejorar oferta, potenciar ingresos y contribuir a un esquema que reconoce, como pocos, el mérito por encima de intereses politiqueros.

Valga un llamado al Ministerio de Educación, cartera que se la ha jugado a fondo por este y otros temas con resultados positivos, pero que ha entrado en un extraño mutismo que facilita la crítica. El Gobierno es el primero que debería salir a defender Ser Pilo Paga. Atacar dicha política solo contribuye a perpetuar la desigualdad y a dar combustible a falsos populismos, cuya estrategia siempre será la de restar antes que sumar.