¿Valen la pena los esfuerzos para tener un título?

Creado en Jueves, 21 Septiembre 2017

En El Espectador, Rafael Orduz, analiza la evolución de la educación superior en Colombia y la manera como ésta y los desarrollos en otras áreas han replanteado la naturaleza y finalidad de la titulación.

Por primera vez, en 2016, más de la mitad de la población entre 17 y 21 años se encontraba matriculada en instituciones de educación superior colombianas, según el Ministerio de Educación. Cerca de 2’400.000 personas buscan graduarse en alguna de las modalidades, técnica, tecnológica o universitaria, incluyendo las posibilidades de posgrado que, en abundancia, se ofrecen en múltiples capitales.

Con 1,5 millones, la matrícula universitaria es, de lejos, la predominante. Algo menos de 6.000 individuos buscan doctorarse. Aunque Colombia está lejos de países como Corea del Sur, en el que más del 80 % del total de los jóvenes va a la universidad (17 a 21), el avance ha sido espectacular.

Sin embargo, cabe preguntarse si los esfuerzos de las familias y los individuos, de varios rangos de edad, por graduarse, por ser doctores a la colombiana, valen la pena.

La idea de que los hijos puedan graduarse de una universidad o, en su defecto, de instituciones tecnológicas es un espejismo de millones de padres de familia. En tanto que la mayor parte de las matrículas de la educación superior en Colombia proviene de establecimientos privados, el esfuerzo económico para las familias es inmenso. ¿Tiene el retorno que lo justifique?

En forma correspondiente a la creciente demanda, las instituciones han multiplicado su oferta de programas. Universidades de las principales capitales establecen sucursales en otras regiones, solas o en alianza con las locales y, eventualmente, en el marco de programas de internacionalización, con entidades de fuera del país. La competencia, en varios segmentos de calidad, está al rojo.

Más allá del posgrado, abundan los programas de especializaciones y de magísteres para profesionales en ejercicio, en fines de semana o en jornadas nocturnas. El saldo, con la deserción durante los estudios, es que 375.000 personas se gradúan anualmente (2015, MEN) en todas las modalidades. ¿Son enganchados por el aparato productivo? A juzgar por las estadísticas de desempleo juvenil del DANE (el desempleo en 13 capitales supera el rural), hay grandes dudas al respecto.

En el mundo contemporáneo graduarse no basta. La idea general de las empresas modernas, al enganchar jóvenes, será del siguiente tenor: No me importa dónde ni qué estudiaste. Ni lo que sabes, porque Google lo sabe todo. Interesa lo que puedes hacer con lo que sabes, tu iniciativa y liderazgo, tu capacidad de trabajo en equipo. Y algo muy importante: tu disposición a aprender de forma permanente. El mercado, las tecnologías, cambian de forma vertiginosa y el profesional que se requiere es el que sabe actualizarse.

La gente de sistemas utiliza la expresión “estar en modo beta”. Traducido al contexto: los grados sirven. Pero son insuficientes. Cada persona es una obra en construcción que debe renovarse durante toda una vida. Para ello, las fuentes de renovación serán extrauniversitarias, sin que conduzcan a nuevos grados. Y la palabra clave es internet.