| Disyuntivas rectorales |
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65 ¿Destinar la mayor parte o todo el presupuesto de investigaciones al proyecto con mayor potencialidad en la institución, o distribuir el dinero por igual entre todos los programas? |
| Decolonizar la Universidad |
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Escrito de Santiago Castro-Gómez, en http://www.ram-wan.net/, en donde analiza una revaluación de los valores de la Universidad y la manera como la tradición de vivir en medio de paradigmas excluyentes la hace ajena a su razón de ser, asà como una porpuesta para realizar, efectivamente un diálogo de saberes.DECOLONIZAR LA UNIVERSIDAD Desde hace algunos años, el sociólogo venezolano Edgardo Lander ha venido investigando el tema de los vÃnculos entre la universidad latinoamericana y
En este trabajo quisiera reforzar y profundizar en algunos de los temas tratados por Lander, buscando responder a la siguiente pregunta: ¿qué significa decolonizar la universidad en América Latina? Obviamente, la respuesta a esta pregunta exige señalar en qué consiste esa “mirada del mundo†que Lander identifi ca con las herencias coloniales del conocimiento y que, en su opinión, son reproducidas sistemáticamente por la universidad. Mi tesis será que esa mirada colonial sobre el mundo obedece a un modelo epistémico desplegado por la modernidad occidental, que denominaré “la hybris del punto ceroâ€. Argumentaré que la universidad reproduce este modelo, tanto en el tipo de pensamiento disciplinario que encarna, como en la organización arbórea de sus estructuras. Afi rmaré que, tanto en su pensamiento como en sus estructuras, la universidad se inscribe en lo que quisiera llamar la estructura triangular de la colonialidad: la colonialidad del ser, la colonialidad del poder y la colonialidad del saber.2 Con todo, mi diagnóstico no será sólo negativo sino también propositivo. Argumentaré que aun en el interior de la universidad se están incorporando nuevos paradigmas de pensamiento y Procederé del siguiente modo: iniciaré con el diagnóstico de Jean-François Lyotard sobre la crisis de legitimación de la universidad contemporánea en el marco del capitalismo posfordista, mostrando cuál podrÃa ser la oportunidad que tiene la universidad para iniciar la decolonización en este contexto. Luego me referiré al tema del diálogo de saberes, afi rmando que de nada sirve incorporar la transdisciplinariedad y el pensamiento complejo, si ello no contribuye a permitir un intercambio cognitivo entre la ciencia occidental y formas post-occidentales de producción de conocimientos.
Quisiera empezar haciendo referencia al diagnóstico avanzado por Jean-François Lyotard, en su libro La condición posmoderna, sobre la situación del saber a fi nales de los años setenta. Me voy a centrar solamente en un aspecto del libro, cuando Lyotard examina las dos versiones del relato moderno de la legitimación del saber y los vincula con su institucionalización en la universidad. Se trata de los dos grandes relatos (o meta-relatos) que sirvieron para legitimar la producción y organización de los conocimientos en la modernidad. El primer meta-relato es el de la educación del pueblo. Según esta narrativa, todas las naciones tienen derecho a gozar de las ventajas de la ciencia y la tecnologÃa, con el objetivo de “progresar†y mejorar las condiciones materiales de vida para todos. En este contexto, la universidad es la institución llamada a proveer al “pueblo†de conocimientos que impulsen el saber cientÃfi co-técnico de la nación. El progreso de la nación depende en gran parte de que la universidad empiece a generar una serie de sujetos que incorporan el uso de conocimientos útiles. La universidad debe ser capaz de formar ingenieros, constructores de carreteras, administradores, funcionarios: toda una serie de personajes dotados de capacidades cientÃfi co-técnicas para vincularse al progreso material de la nación (Lyotard, 1999, p. 63). El segundo meta-relato que identifi ca Lyotard es el del progreso moral de la humanidad. Ya no se trata sólo del progreso técnico de la nación sino del progreso moral de la humanidad entera. En este contexto, la función de la universidad ya no serÃa tanto formar profesionistas, ingenieros, administradores o técnicos, sino formar humanistas, sujetos capaces de “educar†moralmente al resto de la sociedad. No se hace tanto énfasis aquà en los saberes técnicos sino en las humanidades. En este segundo meta-relato, la universidad busca formar los lÃderes espirituales de la nación. La universidad funge como el alma máter de la sociedad, porque su misión es favorecer la realización empÃrica de la moralidad (Lyotard, 1990, p. 69). Tenemos, entonces, dos tipos de meta-relatos que podemos identifi car con dos modelos de universidad y dos tipos de función social del conocimiento. Se trata, en realidad, de dos modelos en competencia, de dos formas de legitimación narrativa que favorecen dos tipos diferentes de conocimiento y dos tipos diferentes de universidad. Sin embargo, no voy a refl exionar ahora sobre las diferencias entre los dos modelos, sino sobre los elementos comunes que hay entre ellos. El primer elemento común que me parece identificar es la estructura arbórea del conocimiento y de la universidad. Ambos modelos favorecen la idea de que los conocimientos tienen unas jerarquÃas, unas especialidades, unos lÃmites que marcan la diferencia entre unos campos del saber y otros, unas fronteras epistémicas que no pueden ser transgredidas, unos cánones que defi nen sus procedimientos y sus funciones particulares. El segundo elemento común es el reconocimiento de la universidad como lugar privilegiado de la producción de conocimientos. La universidad es vista, no sólo como el lugar donde se produce el conocimiento que conduce al progreso moral o material de la sociedad, sino como el núcleo vigilante de esa legitimidad. En ambos modelos, la universidad funciona más o menos como el panóptico de Foucault, porque es concebida como una institución que establece las fronteras entre el conocimiento útil y el inútil, entre la doxa y la episteme, entre el conocimiento legÃtimo (es decir, el que goza de “validez cientÃficaâ€) y el conocimiento ilegÃtimo. Quisiera argumentar ahora que estos dos elementos, comunes a ambos modelos, pertenecen a las herencias coloniales del conocimiento señaladas por Lander y se inscriben, por tanto, en la estructura triangular de la colonialidad que mencionábamos antes. Mi tesis será que tanto la estructura arbórea y disciplinar del conocimiento como la postulación de la universidad como ámbito fiscalizador del saber reproducen un modelo epistémico moderno/colonial que deseo llamar la “hybris del punto ceroâ€.3 Para explicar en qué consiste la hybris del punto cero, quisiera empezar con una genealogÃa del modo como las ciencias comenzaron a pensarse a sà mismas entre 1492 y 1700, pues es en esa época cuando emerge el paradigma epistémico que todavÃa es hegemónico en nuestras universidades. En efecto, durante esa época se produce una ruptura con el modo como la naturaleza era entendida, no sólo en el interior de Europa sino en todas las culturas del planeta. Si hasta antes de 1492 predominaba una visión orgánica del mundo, en la que la naturaleza, el hombre y el conocimiento formaban parte de un todo interrelacionado, con la formación del sistema-mundo capitalista y la expansión colonial de Europa esta visión orgánica empieza a quedar subalternizada. Se impuso poco a poco la idea de que la naturaleza y el hombre son ámbitos ontológicamente separados, y que la función del conocimiento es ejercer un control racional sobre el mundo. Es decir que el conocimiento ya no tiene como fi n último la comprensión de las “conexiones ocultas†entre todas las cosas, sino la descomposición de la realidad en fragmentos con el fin de dominarla. A Descartes se le suele asociar (injustamente) con la emergencia de este nuevo paradigma fi losófi co.4 Tanto en el Discurso del Método como en las Meditaciones MetafÃsicas, Descartes afi rma que la certeza del conocimiento sólo es posible en la medida en que se produce una distancia entre el sujeto conocedor y el objeto conocido. Entre mayor sea la distancia del sujeto frente al objeto, mayor será la objetividad. Descartes pensaba que los sentidos constituyen un obstáculo epistemológico para la certeza del conocimiento y que, por tanto, esa certeza solamente podÃa obtenerse en la medida en que la ciencia pudiera fundamentarse en un ámbito incontaminado por lo empÃrico y situado fuera de toda duda. Los olores, los sabores, los colores, en fin, todo aquello que tenga que ver con la experiencia corporal, constituye, para Descartes, un “obstáculo epistemológicoâ€, y debe ser, por ello, expulsado del paraÃso de la ciencia y condenado a vivir en el infi erno de la doxa. El conocimiento verdadero (episteme) debe fundamentarse en un ámbito incorpóreo, que no puede ser otro sino el cogito. Y el pensamiento, en opinión de Descartes, es un ámbito meta-empÃrico que funciona con un modelo que nada tiene que ver con la sabidurÃa práctica y cotidiana de los hombres. Es el modelo abstracto de las matemáticas. Por ello, la certeza del conocimiento sólo es posible en la medida en que se asienta en un punto de observación inobservado, previo a la experiencia, que debido a su estructura matemática no puede ser puesto en duda bajo ninguna circunstancia. En efecto, Descartes estaba convencido de que la clave para entender el universo se hallaba en la estructura matemática del pensamiento, y de que esta estructura coincidÃa con la estructura matemática de la realidad. La visión del universo como un todo orgánico, vivo y espiritual fue reemplazada por la concepción de un mundo similar a una máquina. Por ello, Descartes privilegia el método de razonamiento analÃtico como el único adecuado para entender la naturaleza. El análisis consiste en dividir el objeto en partes, desmembrarlo, reducirlo al mayor número de fragmentos, para luego recomponerlo según un orden lógico-matemático. Para Descartes, como luego para Newton, el universo material es como una máquina en la que no hay vida, ni telos, ni mensaje moral de ningún tipo, sino tan sólo movimientos y ensamblajes que pueden explicarse de acuerdo con la disposición lógica de sus partes. No sólo la naturaleza fÃsica, sino también el hombre, las plantas, los animales, son vistos como meros autómatas, regidos por una lógica maquÃnica. Un hombre enfermo equivale simplemente a un reloj descompuesto, y el grito de un animal herido no signifi ca más que el crujido de una rueda sin aceite. Pues bien, es este tipo de modelo epistémico el que deseo denominar la hybris del punto cero. PodrÃamos caracterizar este modelo, utilizando la metáfora teológica del Deus Absconditus. Como Dios, el observador observa el mundo desde una plataforma inobservada de observación, con el fi n de generar una observación veraz y fuera de toda duda. Como el Dios de la metáfora, la ciencia moderna occidental se sitúa fuera del mundo (en el punto cero) para observar al mundo, pero a diferencia de Dios, no consigue obtener una mirada orgánica sobre el mundo sino tan sólo una mirada analÃtica. La ciencia moderna pretende ubicarse en el punto cero de observación para ser como Dios, pero no logra observar como Dios. Por eso hablamos de la hybris, del pecado de la desmesura. Cuando los mortales quieren ser como los dioses, pero sin tener capacidad de serlo, incurren en el pecado de la hybris, y esto es, más o menos, lo que ocurre con la ciencia occidental de la modernidad. De hecho, la hybris es el gran pecado de Occidente: pretender hacerse un punto de vista sobre todos los demás puntos de vista, pero sin que de ese punto de vista pueda tenerse un punto de vista. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con el tema de la universidad? Hablábamos de la estructura arbórea y disciplinaria del conocimiento que comparten Las disciplinas son ámbitos que agrupan diversos tipos de conocimiento experto: la sociologÃa es una disciplina, la antropologÃa es una disciplina, la fÃsica y las matemáticas también lo son. Las disciplinas materializan la idea de que la realidad debe ser dividida en fragmentos y de que la certeza del conocimiento se alcanza en la medida en que nos concentremos en el análisis de una de esas partes, ignorando sus conexiones con todas las demás. Lo que hace una disciplina es, básicamente, recortar un ámbito del conocimiento y trazar lÃneas fronterizas con respecto a otros ámbitos del conocimiento. Esto se logra mediante ingeniosas técnicas. Una de ellas consiste en inventarse los “orÃgenes†de la disciplina. Las disciplinas construyen sus propios orÃgenes y escenifican el nacimiento de sus padres fundadores. En una palabra, las disciplinas construyen sus propias mitologÃas: Marx, Weber y Durkheim como padres de la sociologÃa; “los griegos†como padres de la fi losofÃa; Newton como padre de la fÃsica moderna, etc. De este modo, las disciplinas recortan ciertos ámbitos del conocimiento y defi nen ciertos temas que son pertinentes única y exclusivamente a la disciplina. Esto se traduce en la materialización Ya Pierre Bourdieu mostraba cómo esta división de la estructura universitaria esconde una lucha feroz entre diferentes actores por la obtención de un determinado tipo de capital, lo cual explica también la competencia entre las diversas unidades académicas por los recursos fi nancieros. La pregunta que surge ahora es la siguiente: ¿existe una alternativa para decolonizar la universidad, liberándola de la arborización que caracteriza tanto a sus conocimientos como a sus estructuras? Es en este punto donde quisiera volver al diagnóstico de Lyotard sobre la crisis de la universidad contemporánea. De acuerdo con Lyotard, vivimos actualmente en una “condición posmoderna†—yo agregarÃa “poscolonialâ€5— en la que la función narrativa del saber ha cambiado con respecto a su forma propiamente moderna. La posmodernidad es caracterizada como el momento en que el sistema capitalista se torna planetario, y en el que la universidad empieza a plegarse a los imperativos del mercado global. Esto conduce a la universidad a una crisis de legitimación. La planetarización de la economÃa capitalista hace que la universidad no sea ya el lugar privilegiado para la producción de conocimientos. El saber que es hegemónico en estos momentos ya no es el que se produce en la universidad y sirve a los intereses del Estado, sino el que se produce en la empresa transnacional. Exceptuando algunas universidades de los Estados Unidos, la investigación de punta en tecnologÃas de la información es realizada por empresas multinacionales como Microsoft, que invierten millones de dólares en ello. El conocimiento que es hegemónico no lo produce ya la universidad bajo la guÃa del Estado, sino que lo produce el mercado bajo la guÃa de sà mismo. Asà las cosas, la universidad deja de ser el núcleo fi scalizador del saber, tal como lo habÃan imaginado los pensadores ilustrados. La universidad ya no puede fi scalizar el conocimiento, es decir, ya no puede servir, como lo pensara Kant, como un tribunal de la razón encargado de separar el conocimiento verdadero de la doxa. En otras palabras, bajo las condiciones sentadas por el capitalismo global, la universidad deja de ser el ámbito en el cual el conocimiento refl exiona sobre sà mismo. En este sentido decimos, entonces, que la universidad se “factorizaâ€, es decir, se convierte en una universidad corporativa, en una empresa capitalista que ya no sirve más al progreso material de la nación ni al progreso moral de la humanidad, sino a la planetarización del capital. El conocimiento cientÃfico en la posmodernidad es inmanente. Ya no es legitimado por su utilidad para la nación ni para la humanidad, sino por su performatividad, es decir, por su capacidad de generar determinados efectos de poder.6 El principio de performatividad tiene por consecuencia la subordinación de las instituciones de educación superior a los poderes globales. La belle epoque del profesor moderno, la era del “educador†y del “maestro†parece haber llegado a su fin, pues la función de la universidad hoy dÃa ya no es educar sino investigar, lo cual signifi ca: producir conocimientos pertinentes. Los profesores universitarios se ven abocados a investigar para generar conocimientos que puedan ser útiles a la biopolÃtica global en la sociedad del conocimiento. De este modo, las universidades empiezan a convertirse en microempresas prestadoras de servicios. En este contexto, tan poco alentador, pareciera que la pregunta por la decolonización de la universidad tuviera que ser respondida con un “no†rotundo. Sin embargo, la luz que nace en esta contemporaneidad emergente de comienzos de siglo no puede ser vista si se le mide con los mismos patrones epistémicos de lo ya establecido. Existen ya, en el ámbito de la ciencia, paradigmas de pensamiento alternativos que rompen con la colonialidad del poder impulsada por la hybris del punto cero. La imagen del mundo como si fuese un sistema mecánico compuesto de bloques elementales, la visión de la vida social como una lucha competitiva por la existencia, la creencia en el progreso material ilimitado, la idea de que la luz excluye a la oscuridad y la razón a la barbarie, están siendo desafi adas por un paradigma emergente que empieza también a golpear las puertas de la universidad. Me refi ero al paradigma del pensamiento complejo. La idea de que cada uno de nosotros es un todo fÃsico-quÃmico-biológico-psicológico-social-cultural, integrado en la compleja trama del universo, ha dejado de ser vista con sospecha por muchos hombres de ciencia, por académicos e intelectuales de todo el mundo. Desde la fÃsica, la biologÃa, la neurociencia, la antropologÃa, la sociologÃa y la psicologÃa contemporáneas, se empiezan a revisar, implÃcita o explÃcitamente, los presupuestos epistémicos que marcaron la hybris del punto cero. Asistimos a un cambio de paradigma en la ciencia, que puede llegar a tener consecuencias muy positivas para la universidad (Capra, 2000; MartÃnez MÃguelez, 2002; Maffesoli, 1997). A mi juicio, el paradigma de la complejidad podrÃa ser benéfi co en la medida en que promueva la transdisciplinariedad. Vivimos en un mundo que ya no puede ser entendido sobre la base de saberes analÃticos, que ven la realidad de forma compartimentada y fragmentada. Pero la universidad sigue pensando un mundo complejo de forma simple; continúa formando profesionales arborescentes, cartesianos, humanistas, disciplinarios, incapaces de intervenir en un mundo que funciona con una lógica compleja (Rozo Gauta, 2004, pp. 156-157). Para evitar esta parcelación del conocimiento y de la experiencia, la universidad debiera tomarse muy en serio las prácticas articulatorias de la transdisciplinariedad. A diferencia de la interdisciplinariedad (concepto surgido en los años cincuenta del siglo pasado), la transdisciplinariedad no se limita a intercambiar datos entre dos o más disciplinas, dejando intactos los “fundamentos†de las mismas. Por el contrario, la transdisciplinariedad afecta el quehacer mismo de las disciplinas porque incorpora el principio del tercio incluido. Mientras que las disciplinas trabajan con el principio formal del tercio excluido (A no puede ser igual a –A), la transdisciplinariedad incorpora la idea de que una cosa puede ser igual a su contrario, dependiendo del nivel de complejidad que estemos considerando (Nicolescu, 2002, p. 50). Mientras que para la hybris del punto cero “lo tercero queda excluidoâ€, el pensamiento complejo y las sabidurÃas ancestrales (la Philosophia perennis) nos enseñan que “siempre se da lo terceroâ€, es decir, que resulta imposible basarlo todo en una discriminación de los contrarios, porque estos tienden a unirse. La transdisciplinariedad introduce un viejo principio ignorado por el pensamiento analÃtico de las disciplinas: la ley de la coincidencia oppositorium. En el conocimiento, como en la vida, los contrarios no pueden separarse. Ellos se complementan, se alimentan mutuamente; no puede existir el uno sin el otro, como quiso la lógica excluyente de la ciencia occidental. En lugar de separar, la transdisciplinariedad nos permite ligar (link) los diversos elementos y formas del conocimiento, incluyendo, como veremos en la segunda parte de este texto, los conocimientos que la modernidad habÃa declarado como dóxicos. Pero una universidad que piensa complejamente debe ser también una universidad que funciona complejamente. Esto signifi ca que debe hacer que sus estructuras también sean rizomáticas. Pienso, por ejemplo, en una universidad donde los estudiantes puedan ser coautores de sus propios planes de estudio, matriculándose, ya no en las estructuras fi jas de un programa en particular, sino en una red de programas. El estudiante podrÃa navegar, asÃ, entre diversos programas de maestrÃa e incluso de pregrado, conectados en red, no sólo en el interior de una sola universidad sino entre varias universidades. Pienso en una estructura donde los profesores puedan pertenecer a varios departamentos a la vez, facilitando asà el ejercicio de la transdisciplinariedad arriba descrito. Pienso en la utilización masiva de las nuevas tecnologÃas para la generación de programas virtuales, desescolarizados, en los que el aprendizaje pueda ser interactivo con las máquinas. Sin embargo, considero que el avance hacia una universidad transdisciplinaria lleva consigo el tránsito hacia una universidad transcultural, en la que diferentes formas culturales de producción de conocimientos puedan convivir sin quedar sometidos a la hegemonÃa única de la episteme de la ciencia occidental. Y esto por una razón especÃfi ca: el pensamiento complejo permite entablar puentes de diálogo con aquellas tradiciones cosmológicas y espirituales, para las cuales la “realidad†está compuesta por una red de fenómenos interdependientes —que van desde los procesos más bajos y organizativamente más simples, hasta los más elevados y complejos— y que no pueden ser explicados sólo desde el punto de vista de sus elementos. Tradiciones fi losófi cas o religiosas en las que el entretejido es mayor que cada una de las partes (Bateson, 1997). LA UNIVERSIDAD TRANSCULTURAL El tema de la transdisciplinariedad en la universidad se encuentra unido a otro asunto no menos importante: el diálogo de saberes. No se trata sólo de que el conocimiento que proviene de una disciplina pueda articularse con el conocimiento proveniente de otra, generando asà nuevos campos del saber en la universidad. Esto es tan sólo un aspecto al que probablemente nos llevarÃa la asimilación del pensamiento complejo, y del cual existen ya ciertas señales, aunque todavÃa tÃmidas. Pero el otro aspecto, el más difÃcil y que todavÃa no da señales de vida, tiene que ver con la posibilidad de que diferentes formas culturales de conocimiento puedan convivir en el mismo espacio universitario. DirÃamos, entonces, que mientras que la primera consecuencia del paradigma del pensamiento complejo serÃa la fl exibilización transdisciplinaria del conocimiento, la segunda serÃa la transculturización del conocimiento. Sin embargo, el diálogo de saberes, asà entendido, ha sido imposible hasta el momento, porque el modelo epistémico del punto cero se ha encargado de impedirlo. Recordemos que de acuerdo con este modelo, el hipotético observador del mundo tiene que desligarse sistemáticamente de los diferentes lugares empÃricos de observación (punto 1, punto 2, punto 3, punto n) para ubicarse en una plataforma inobservada que le permita obtener la certeza del conocimiento. Pero esta plataforma no es sólo meta-empÃrica sino también meta-cultural. No son sólo los olores, los sabores y los colores aquello que obstaculiza el logro de la certeza, sino también la pertenencia a cualquier tipo de tradiciones culturales. Observados desde el punto cero, los conocimientos que vienen ligados a saberes ancestrales, o a tradiciones culturales lejanas o exóticas, son vistos como doxa, es decir, como un obstáculo epistemológico que debe ser superado. Solamente son legÃtimos aquellos conocimientos que cumplen con las caracterÃsticas metodológicas y epistémicas defi nidas a partir del mismo punto cero. Los demás conocimientos, desplegados históricamente por la humanidad durante milenios, son vistos como anecdóticos, superfi ciales, folclóricos, mitológicos, “pre-cientÃfi cos†y, en cualquier caso, como pertenecientes al pasado de Occidente. Este colonialismo epistémico de la ciencia occidental no es en absoluto gratuito. La hybris del punto cero se forma, precisamente, en el momento en que Europa inicia su expansión colonial por el mundo, en los siglos XVI y XVII, acompañando asà las pretensiones imperialistas de Occidente (Castro-Gómez, 2005a). El punto cero serÃa, entonces, la dimensión epistémica del colonialismo, lo cual no debe entenderse como una simple prolongación ideológica o “superestructural†del mismo, como quiso el marxismo, sino como un elemento perteneciente a su “infraestructuraâ€, es decir, como algo constitutivo. Sin el concurso de la ciencia moderna no hubiera sido posible la expansión colonial de Europa, porque ella no sólo contribuyó a inaugurar la “época de la imagen del mundo†—como lo dijera Heidegger—, sino también a generar una determinada representación sobre los pobladores de las colonias como parte de esa imagen. Tales poblaciones empiezan a ser vistas como Gestell, es decir, como “naturaleza†que es posible manipular, moldear, disciplinar y “civilizarâ€, según criterios técnicos de efi ciencia y rentabilidad. Diremos, entonces, que hacia mediados del siglo XVIII, Europa se mira a sà misma como en disposición de un aparato de conocimiento desde el cual es posible ejercer un juicio sobre los demás aparatos de conocimiento (pasados, presentes o futuros), y también como la única cultura capaz de unifi car al planeta bajo los criterios superiores de ese parámetro. ¿Cómo es posible, entonces, un diálogo de saberes? De acuerdo con lo dicho hasta el momento, la respuesta no puede ser sino una: el diálogo de saberes sólo es posible a través de la decolonización del conocimiento y de la decolonización de las instituciones productoras o administradoras del conocimiento. Decolonizar el conocimiento signifi ca descender del punto cero y hacer evidente el lugar desde el cual se produce ese conocimiento. Si desde el siglo XVIII la ciencia occidental estableció que entre más lejos se coloque el observador de aquello que observa mayor será también la objetividad del conocimiento, el desafÃo que tenemos ahora es el de establecer una ruptura con este “pathos de la distanciaâ€. Es decir que ya no es el alejamiento sino el acercamiento el ideal que debe guiar al investigador de los fenómenos sociales o naturales. Con otras palabras: si la primera ruptura epistemológica fue con la doxa en nombre de la episteme para subir al punto cero, el gran desafÃo que tienen ahora las ciencias humanas es realizar una segunda ruptura epistemológica, pero ahora ya no con la doxa sino frente a la episteme, para bajar del punto cero. El ideal ya no serÃa el de la pureza y el distanciamiento, sino el de la contaminación y el acercamiento. Descender del punto cero implica, entonces, reconocer que el observador es parte integral de aquello que observa y que no es posible ningún experimento social en el cual podamos actuar como simples experimentadores. Cualquier observación nos involucra ya como parte del experimento. Acercarse a la doxa implica que todos los conocimientos ligados a tradiciones ancestrales, vinculados a la corporalidad, a los sentidos y a la organicidad del mundo, en fi n, aquellos que desde el punto cero eran vistos como “prehistoria de la cienciaâ€, empiecen a ganar legitimidad y puedan ser tenidos como pares iguales en un diálogo de saberes. En la universidad, sin embargo, el logro de esta legitimidad no es cosa fácil. Con algunas excepciones,7 la idea de que la universidad pueda generar espacios en los que distintas formas de producir conocimiento —digamos entre la medicina indÃgena y la medicina tradicional— puedan coexistir, es, por ahora, una utopÃa, debido a que, de acuerdo con la taxonomÃa del punto cero, ambos tipos de saberes no son contemporáneos en el tiempo, aunque sean contemporáneos en el espacio. Recordemos que esa fue, precisamente, la estrategia colonial de Occidente, desde el siglo XVIII: el ordenamiento epistémico de las poblaciones en el tiempo. Unos pueblos, los más bárbaros, se hallan congelados en el pasado y no han salido todavÃa de su auto-culpable “minorÃa de edadâ€, mientras que otros, los europeos civilizados y sus epÃgonos criollos en las colonias, pueden hacer uso autónomo de la razón y viven por ello en el presente. Aunque el médico indÃgena sea contemporáneo del cirujano que estudió en Harvard, aunque este último pueda saludarle y compartir con él un café, la hybris del punto cero lo clasifi cará como un habitante del pasado, como un personaje que reproduce un tipo de conocimiento “orgánicoâ€, “tradicional†y “pre-cientÃfi coâ€. Para finalizar digamos, entonces, que “decolonizar la universidad†significa por lo menos dos cosas: 1. El favorecimiento de la transdisciplinariedad. Como bien lo ha señalado Nicolescu (2002), la palabra “trans†tiene la misma raÃz etimológica que la palabra “tresâ€, y signifi ca, por ello, la trasgresión del dos, es decir, aquello que va más allá de los pares binarios que marcaron el devenir del pensamiento occidental de la modernidad: naturaleza/cultura, mente/cuerpo, sujeto/objeto, materia/espÃritu, razón/sensación, unidad/diversidad, civilización/barbarie. La transdisciplinariedad busca cambiar esta lógica exclusiva (“esto o aquelloâ€) por una lógica inclusiva (“esto y aquelloâ€). Decolonizar la universidad signifi ca, por ello, luchar contra la babelización y la departamentalización del conocimiento, fi rmes aliados de la lógica mercantil, a la cual se ha plegado la ciencia en el actual capitalismo cognitivo. 2. El favorecimiento de la transculturalidad. La universidad deberÃa entablar diálogos y prácticas articulatorias con aquellos conocimientos que fueron excluidos del mapa moderno de las epistemes por habérseles considerado “mÃticosâ€, “orgánicosâ€, “supersticiosos†y “pre-racionalesâ€. Conocimientos que estaban ligados con aquellas poblaciones de Asia, Ãfrica y América Latina, que entre los siglos XVI y XIX fueron sometidas al dominio colonial europeo. En este sentido, José Rozo Gauta, estudioso de la cultura Muisca, y uno de los más importantes escritores del pensamiento complejo en Colombia, manifiesta la necesidad de […] cambiar las ideas y prácticas eurocéntricas, especialmente la imposición colonial Queremos dejar claro que la decolonización de la universidad, tal como aquà es propuesta, no conlleva una cruzada contra Occidente en nombre de algún tipo de autoctonismo latinoamericanista, de culturalismos etnocéntricos y de nacionalismos populistas, como suelen creer algunos. Tampoco se trata de ir en contra de la ciencia moderna y de promover un nuevo tipo de oscurantismo epistémico. Cuando decimos que es necesario ir “más allá†de las categorÃas de análisis y de las disciplinas modernas, no es porque haya que negarlas, ni porque éstas tengan que ser “rebasadas†por algo “mejorâ€. Hablamos, más bien, de una ampliación del campo de visibilidad abierto por la ciencia occidental moderna, dado que ésta fue incapaz de abrirse a dominios prohibidos, como las emociones, la intimidad, el sentido común, los conocimientos ancestrales y la corporalidad. No es, entonces, la disyunción sino la conjunción epistémica lo que estamos pregonando. Un pensamiento integrativo en el que la ciencia occidental pueda “enlazarse†con otras formas de producción de conocimientos, con la esperanza de que la ciencia y la educación dejen de ser aliados del capitalismo posfordista. Notas a pie de página
BIBLIOGRAFÃA
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En Colombia no es claro qué se entiende por articulación de la media con la superior - Grupo de Estudios de Ed. Media y Superior UNAL
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Alternativas para llevar educación pertinente a regiones marginadas, y a bajo costo - Eduardo Aldana Valdés
En defensa de la investigación universitaria en Colombia - Hernán Jaramillo Salazar
¿Hay relación entre la educación y el derecho? - Gloria Yaneth Vélez Pérez
La política de innovación- Luis Javier Jaramillo
Imaginario(s) en la sociedad contemporánea a propósito de las tecnologías de la información y la comunicación - Giovanni Gutiérrez Vargas
El fracaso de la política de educación superior entre 2002 y 2012 - Víctor Manuel Gómez
Las disparidades regionales en los aportes a la educación universitaria en Colombia - Fernando Cabarcas Charris y Jhony Alvarez Jaramillo
Sistema de aseguramiento de la calidad para la Educación Superior: una tarea pendiente -Darío Antonio Mejía y Lina Clemencia Duque
Crítica a documento de ed. sup. de la U. Nacional - Víctor Manuel Gómez
Universidades con ánimo de lucro: historias de otros países - Francisco Piedrahita
Alcance de la “regulación” que propende la propuesta de reforma a la Ley 30 de 1992 - Pedro Antonio Pinilla Pacheco
Dos décadas de intervencionismo en la Educación Superior Colombiana - Alejandro Castillo Rivas
De las dicotomías a las contradicciones en la propuesta de la reforma a la Ley 30. Una lectura sobre la extensión universitaria - Luz Teresa Gómez de Mantilla
En riesgo financiamiento de la universidad pública - Jorge Iván Bula
La Universidad y el Campo: Una relación por deconstruir - Jeffer Harvey Cabezas y Fabio Alejandro Casas
La peor reforma para un problema urgente - Boris Salazar
El país está condenado a una educación superior de segunda - UN Periódico
Im-posibilidades actuales de la ciencia, la tecnología y la innovación en la ed. sup. colombiana- Jeffer Harvey Cabezas
Competencias, flexibilidad, estándares y aprendizaje - Alejandro Castillo Rivas
SENA - Educación media: Una “articulación” conflictiva - Wilson Arias
Reforma a la Ley 30: Implicaciones a la educación superior pública colombiana - William Ospina y Angela Suárez
El profesor universitario de América Latina: Hacia una responsabilidad ética, científica y social -Diana Soto Arango
Política educativa en educación superior y su incidencia en el profesor universitario -Jeffer Harvey Cabezas
Sobre el SENA en la Educación Superior y su modelo institucional -Víctor Manuel Gómez
La formación del Licenciado en Educación, en cualquier área del saber, tiene como objetivo la formación de maestros - Víctor Manuel Gómez
Tendencias del benchmarking en la educación superior - Boletín de políticas de educación superior. Chile
Educación superior y mundo del trabajo: horizontes de indagación - José Joaquín Brunner
¿Deben ir todos los bachilleres a la Universidad? - The Chronicle Review
Los rankings de las instituciones de educación superior: Una revisión del panorama internacional - C. Pérez-Esparrells, y A.M. López García
¿Por qué las IES han incorporado la atención de los egresados como una de sus preocupaciones? - Milciades Vizcaíno
Los estudiantes universitarios y la vida pública - Carlos Enrique Ruiz
Educación superior: viejos papeles, nuevos retos y productos colaterales - Moisés Wasserman
La transición del nivel medio (secundaria superior) al trabajo y la formación postsecundaria en Colombia - Víctor M. Gómez
¿Habitar u ocupar?: Hábitat universitario y ecología del conocimiento - Juan Carlos Orozco Cruz
Hora de evaluar la Acreditación y el ‘Sistema de Aseguramiento de la Calidad de la Educación Superior’ - Víctor M. Gómez
Decolonizar la Universidad - Santiago Castro-Gómez
Bolonia o la Mercantilización de la Universidad - Manuel Moncada Fonseca
La Ley de Ciencia y Tecnología, una nueva ilusión - Luis Enrique Orozco
La escena zombi de la educación superior latinoamericana - José Joaquín Brunner
Los desafíos de la educación superior en América Latina - Por Simon Schwartzman
La complejidad de la Remuneración Académica - Philip G. Altbach
Criterios para medir la calidad en la Educación Superior - Carmen Amalia Camacho
Hacia un nuevo modelo de formación de docentes en Colombia - Víctor M. Gómez
Colombia necesita definir y publicar rankings en educación superior - Carlos M. Lopera
Sentido y significado de la Universidad Pública - Alfonso Tamayo Valencia
Repensando el rol de la educación superior: Mensaje de la Conferencia de Edu. Sup. en Barcelona - GUNI
El senado profesoral: una aproximación a un gobierno compartido - Orlando Acosta
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Examen a las "competencias" en educación - Víctor Manuel Gómez
155 detalles que hacen más agradable la vida en la Universidad - Carlos M. Lopera
Efectos perversos del 1279 sobre la docencia en universidades públicas - Víctor M. Gómez