Miercoles Julio 30 de 2014,
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Profesores con promedios de edad muy altos y nula movilidad no ayudan a tener una universidad moderna PDF Imprimir E-mail

Feb 19/14 Se ha dicho que los profesores mayores de 50 años son los de mayor madurez intelectual, auncuando sean más de tres las décadas de diferencia con muchos de sus estudiantes, y esto es una observación importante porque hace difícil que se dé una comunicación fresca entre ambas partes.

Si adicionalmente se suma el hecho de que son profesores que, en algunos casos, difícilmente han pisado otra universidad, pues desde su pregrado hasta su actividad docente siempre han estado en la misma IES, se corre el riesgo de tener docentes con una visión muy parcializada del mundo, como se cuestiona actualmente en la Universidad de Oviedo, en España.

Un informe del Vicerrectorado de Profesorado y Ordenación Académica desvela que la plantilla docente fija de la Universidad de Oviedo tiene hoy una media de 53 años, la mayor de las últimas cuatro décadas, algo que considera alarmante. El equipo rectoral quiere utilizar este dato para forzar la contratación de más profesores jóvenes que renueven la institución académica. El envejecimiento resulta consustancial a la sociedad que nos ha tocado vivir. En el caso de la educación, ¿acumular experiencia puede considerarse un inconveniente o una ventaja para transmitir saber al alumno? No es la edad lo preocupante, sino un modelo de enseñanza rígido y esclerotizado cuyas endebles costuras han saltado con la crisis.

En la Universidad española una persona puede entrar como alumno y salir mucho tiempo después jubilado como catedrático sin haber cambiado siquiera de Facultad, algo impensable en cualquier otra institución educativa superior de los países desarrollados. Aunque ofreciera nulo rendimiento, el puesto de ese mismo docente habrá sido intocable y su salario, idéntico al de profesores con merecimientos superiores a los suyos. La ausencia de movilidad, la carencia de incentivos y la falta de controles de exigencia generan los clanes, la endogamia, la burocracia, la desmotivación y todos los males que mantienen postrada la enseñanza de máximo rango en España. Las mismas penas, en definitiva, que hacen que nuestras universidades no pinten nada en el extranjero ni figuren entre las doscientas más importantes del mundo.

La ley de Reforma Universitaria de 1983, una de tantas, intentó modificar cosas. Determinó, por ejemplo, que nadie aspiraría a un puesto de funcionario en el centro donde se había doctorado sin antes pasar uno o dos años en otro ajeno, como ocurre en el orbe anglosajón. Los rectores se las arreglaron para soslayar el inconveniente pactando certificaciones ficticias entre universidades, "tú acreditas a los míos y yo a los tuyos", hasta que el requisito quedó suprimido para "adecuar la ley a la realidad", según confesión de un alto cargo de entonces.

Ése, y no otro, es el problema: la perpetuación de un sistema rígido y torpe que propicia la mediocridad y que nadie quiere cambiar. Andan los responsables de la Universidad de Oviedo muy preocupados estos días por el envejecimiento de su plantilla, como si la edad fuera un obstáculo a la hora de transmitir sabiduría. Las canas son el distintivo de esta sociedad del bienestar longeva, una revolución en todos los sectores de la economía moderna contra la que nadie necesita luchar. Acelerar la salida de los titulares y catedráticos más experimentados porque sí supondría un suicidio intelectual, lo que no impide reconocer que, efectivamente, se ha originado un frustrante tapón que dificulta la renovación generacional. Jóvenes con méritos y capacidad suficiente precisan de décadas para progresar académicamente, algo que nunca había ocurrido.

La barrera no la establece la demografía -los veteranos que copan las plazas-, sino un modelo universitario erróneo, pensado para garantizar el acceso masivo de discentes, consolidar derechos adquiridos y expedir títulos a diestro y siniestro, lo que no hace más que devaluar su propia finalidad. La crisis, cerrando el grifo de las contrataciones, no ha hecho más que acentuar las contradicciones. Existen dos tipos de profesores universitarios: los funcionarios, que cuando adquieren tal estatus ni siquiera deben molestarse en ser productivos porque nadie se lo recrimina, y los contratados, poco más que mileuristas y con empleo volátil. A quien aspire a saltar de un rango a otro no le basta con ser el mejor. Necesita superar un maratón de trabas administrativas que las vacas flacas han ralentizado hasta la exasperación y vencer, en paralelo, las rencillas internas del departamento de turno. En resumen: quince o veinte años resistiendo en condiciones precarias es algo difícil de aguantar y el talento acaba emigrando. La prueba palmaria del fracaso de esta forma estratificada de organización laboral es que si mañana un premio Nobel deseara impartir clases en Oviedo no podría hacerlo. La norma impediría su fichaje por la Universidad, un coto cerrado con ascensos militares.

También padecimos una "burbuja universitaria". Un proceso de crecimiento desmesurado y descontrolado similar al del ladrillo, con inflación de instalaciones rutilantes, campus duplicados -algunos hasta en las mismas regiones- y trabajos científicos banales. Las universidades se concedieron a sí mismas pomposos títulos de excelencia internacional, algo que en buena lógica sólo cabría otorgar desde fuera, pero olvidaron lo trascendente: el aprendizaje de los estudiantes. A los universitarios les exigen sobre todo conocimientos memorísticos, otra consecuencia nefasta de estos mismos métodos caducos, cuando el objetivo fundamental desde la tarima debería ser enseñarles a razonar: dotarles de recursos con los que extraer sus propias conclusiones en un mundo tremendamente competitivo y activar su pensamiento crítico para elegir lo más conveniente en cada momento. Es decir, darles capacidad para tomar las riendas de su destino.

Entre las muchas transformaciones todavía pendientes urge la educativa. El debate reaparece con frecuencia para cerrarse siempre en falso. El proceso de Bolonia fue una ocasión malgastada para la reforma. La Universidad no puede seguir varada en el andén viendo pasar los trenes. Las estrecheces actuales y la obligatoriedad de hacer más con menos exigen soltar lastre, reorganizar titulaciones, renovar el perfil de las cátedras, eliminar el corporativismo, racionalizar y flexibilizar la institución, extinguir las capillitas y atraer a las élites. Autonomía, sí. Rendimiento de cuentas ante la sociedad y responsabilidad, también, para que cada centro reciba del erario lo justo a tenor de sus resultados. Cambiar compete a todos y entraña algo más profundo que rejuvenecer una estadística.

Adaptación de La Nueva España