Martes Mayo 21 de 2013,
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De la Universidad tradicional a la Universidad como espacio de argumentación PDF Imprimir E-mail

¿Cómo debería ser la nueva universidad?

Álvaro Mina Paz es docente de la U. Santiago de Cali y realizó esta ponencia en el coloquio de Humanidades, en El primer Coloquio sobre Filosofía e Interculturalidad. Analiza el discurso pedagógico y las practicas argumentales en la aplicación de competencias conversacionales, la importancia del proceso comunicativo en el aula universitaria y su incidencia en la formación de una cultura dialógica.

RESUMEN

La ponencia que presento a continuación tiene como finalidad aportar al coloquio de docentes de Humanidades elementos vivenciales que permitan identificar la importancia del proceso comunicativo en el aula universitaria y su incidencia en la formación de una cultura dialógica fuerte en la misma. Busca resaltar la pertinencia, la promoción de las competencias conversacionales y argumentales. Y analiza los efectos positivos de la aplicación de estrategias que mejoren la comunicación en los estudiantes del curso de humanidades que se imparte en la Universidad Santiago de Cali. Se parte de reflexionar en torno  al tipo de relación comunicativa de los modelos tradicionales de enseñanza, que no prepara hacia el diálogo y la reciprocidad. Busca, entonces, asumir la universidad como espacio de argumentación y se inscribe en la interacción docente-estudiante dentro del marco de reciprocidad y posibilidad de crear una cultura dialogante.

ANTECEDENTES

Siempre con este sueño, que este espacio universitario se transforme en una comunidad de indagación y que esta comunidad, sea la matriz generadora de una comunidad de investigación; intencionalmente hemos introducido el tema de la Teoría de la Argumentación, con el firme propósito de pensar, reflexionar desde el claustro, teniendo como referencia la teoría perelmaniana[1]. Desde luego sin desconocer la existencia de otras teorías del discurso dialogal como el propuesto por Stephen Toulmin (1958), la teoría de la acción comunicativa del filosofo Jurgen Habermas (1981) y otros, quienes aportan a este debate.

El ejercicio que se propone en este círculo universitario, no es nuevo, tampoco es una improvisación. Ya hace algunos años, un grupo de docentes bajo la influencia del maestro Adolfo León Gómez[i], después de recibir una concienzuda preparación a través de una serie de diplomados en torno a la argumentación y principios de filosofía analítica, le presentó a las directivas,[2] un proyecto, cuyo título era: “De la Universidad comprometida con el ser, a la universidad como comunidad ética de investigación”. Documento que fue escrito con mucho entusiasmo y con mucha pasión por varios catedráticos.

Nuestra pretensión, era, desde luego, cambiar las costumbres del quehacer pedagógico de la universidad. El propósito era superar la cátedra tradicional de la exposición magistral,  que por cierto se había convertido en un interesante ejercicio de elocuencia para glorificar el ego profesoral, pero que a la postre, no contribuía al desarrollo de competencias conversacionales[3] en los estudiantes, los que terminaban recitando pasivamente lo expuesto por el docente.

OBJETIVOS

En esta perspectiva se propone esta semilla.  Que tiene como propósito dar respuesta a la problemática: ¿cómo debería ser la nueva universidad? y como una petición de principio se propuso la ejecución de una cátedra conversacional, con discurso coloquial, que genere un nuevo acto pedagógico, la del maestro coindagador, quien en un espacio de Seminario Activo, como se ha pretendido hacer en el curso de Humanidades, con la participación de estudiantes apasionados; en donde estudiante y profesor son, ambos, al mismo tiempo, coa-aprendices fundidos en propósito: dialogar y debatir. En el que, el insumo más importante es el diálogo, sin eludir el debate y la confrontación. Pero sin que discrepar sea percibido como una amenaza, sin el temor a que las ideas del otro o de los otros sean mejor o peor. Esto implica que se debe escuchar y aprender a reconocer y a ceder, el uso de la razón, como determinante en la validez del discurso.

El proyecto, repito, sería, hacer de la clase un Seminario activo, un coloquio permanente, en el que preguntar  es la actividad esencial para el debate y desde luego ofrecer y dar razones son ejes centrales del ejercicio de discusión. Se busca con esta práctica, aprender a escuchar, aprender a disentir, a prender a discrepar, a prender a debatir, aprender a interpelar; siempre dentro de un ambiente cordial y de camaradería,  sin la existencia de la amenaza, la coacción o la violencia.

METODOLOGÍA

No teníamos como pretensión, en ese ejercicio alcanzar la verdad, ni demostrar la verdad frente a alguien. Solo nos interesaba reflexionar, es decir, tomar conciencia de algo y en nuestro caso, reflexionar sobre uno o varios temas sociales, haciendo uso de la argumentación y tomar conciencia de la importancia del diálogo y el debate razonado en la construcción de habilidades conversacionales.

Nuestra perspectiva no sería deductiva[4], es decir, nuestro discurso no partiría de lo demostrable y correcto o lo indemostrable e incorrecto, a la manera de ciencia formal, sino que a partir de problemas particulares, proponer -previo ejercicio interpretativo- soluciones particulares, originales y creativas y, es a este el problema, al que responde el singular teórico que motiva nuestro encuentro conversacional.

En otras palabras, nos proponíamos fundamentar una ética en el discurso, reconociendo como lo expresa William Ospina[ii], que la humanidad nunca ha tenido una estética, sino muchas manifestaciones para expresar lo bello; que no ha habido una verdad sino múltiples manifestaciones de la verdad y que, desde luego, no hay una elocuencia, sino muchas formas de la elocuencia. Por eso es un imperativo aprender a desconfiar de todo discurso que pretende convencernos, aún haciendo uso de las mejores razones.

No sería nuestro ánimo rendir culto a la erudición intelectual y menos hacer una apología de la elocuencia tradicional, sino por el contrario, resaltaríamos la particularidad. Por eso abandonos la categoría de comprometidos con el ser propuesta por la administración de la época[iii] y adoptamos la indagación como elemento preliminar de la investigación.

DESARROLLO Y PRÁCTICA PARA UNA PEDAGOGÍA DE LA ARGUMENTACIÓN

El profesor Jurado (2007) señala, que la experiencia universitaria exige en estos tiempos diversas modalidades discursivas. A partir de diversos discursos allanamos el camino para comprender la complejidad de la cultura académica y de los conocimientos que comprometen la formación del sujeto de la argumentación. Usamos el lenguaje argumentado y actuamos expositivamente cuando hemos interiorizado información pertinente y hemos organizado en la memoria semántica aquello que denominamos conocimiento significativo.

Creemos que una comunidad de indagación, implica entonces, de manera más precisa y exacta, estar comprometido con una democracia abierta, en el buen sentido popperiano[iv], admitir la diversidad crítica, la libertad de cátedra, la solidaridad, el compartir sin tener que juzgar de forma a-priori, y sobre todo ofrecer las mejores razones a los miembros a sus indagadores. Y esta experiencia supondría:

Aceptar la corrección que nos propone el otro miembro de la comunidad, ser capaz de escuchar atentamente al otro sin descalificarlo, poder revisar sus puntos de vistas a la luz de los argumentos y razonamientos, ser capaz de construir a partir de las ideas de otros mi propio pensamiento, ser capaz de defender mis hipótesis sin temor al rechazo o a la incomprensión por parte de los demás, ser fiel a un código ético y a unas normas de conducta, mostrar respeto hacia los miembros del grupo  y sensibilidad al contexto sobre todo cuando sea una discusión moral, pedir y ofrecer razones, discutir un problema con imparcialidad, tener criterios para tomar una decisión, reconocer las falacias en un diálogo y buscar la claridad en las definiciones y, sobre todo, hacer aportes al engrandecimiento del grupo o comunidad de indagadores.

En consecuencia, aspirábamos  a formar parte de la comunidad académica que requiera de una universidad indagadora y para lograrlo, deberíamos empezar por convertir el claustro en comunidad de diálogo, de investigadores como el pilar generador de pertinencia  y de alta calidad institucional. A través de esta comunidad podríamos construir alternativas conceptuales  y prácticas que paso a paso pudiéramos no sólo soñar con una sociedad mejor, sino contribuir a hacerlo realidad.

Esta ponencia está dedicada  para quienes hemos llegado a la Filosofía movidos por las preguntas: ¿para qué la filosofía?  ¿qué es filosofía?, ¿filosofía para quiénes? ¿quiénes pensaron filosóficamente, en los años 70, 80 y 90 qué aportaron a nuestras vidas?

Para quienes hicimos de nuestra adolescencia un escenario alejado del futbol y de otras manifestaciones de la bacanería, propia de los años 80 y 90; quienes se refugiaron en los libros y en especial, en los laberintos del pensamiento  filosófico en la búsqueda de la sabiduría perdida: Erasmo, Maquiavelo, Bacón, Descartes, Hobbes, Locke, Montesquieu, Rousseau, Kant, Hegel, Comte, Marx, Engels, Schopenhauer, Nietzsche, Sartre, Popper, Zuleta, José Martí, Habermas, Perelman,  Kunhm, lenín y Mao, entre otros.

Para ellos y otros que llegarían después al insondable mundo de la literatura y que hicieron de la lectura un autentico entretenimiento y diversión intelectual, representantes genuinos de una generación de jóvenes frustrados anhelantes de cambios revolucionarios.

Para quienes huyendo de los números, llámense matemáticas, álgebra, trigonometría, geometría, lógica numérica, química o física;  dedico esta intervención corta e interesante, para plantear sólo un problema adicional y es que aún hoy hay razones para el abordaje de la filosofía como sabiduría con los mismos prejuicios y clichés de hace 30 años: lograr la erudición intelectual; cuando se trata de construir espíritu crítico desde una perspectiva filosófica, haciendo uso de la argumentación.

Debemos empezar por lamentar que aún hay profesores de filosofía que reducen en muchos casos la enseñanza a una simple tradición libresca, a la imposición de lecturas y escritura de frases cuidadosamente seleccionadas. Ya no hay asombro por lo desconocido, el sujeto que estudia en nuestras instituciones de educación oficial, nuestros alumnos universitarios no sienten  entusiasmo por lo desconocido,  no sienten culto por la argumentación.

El arte del bien hablar propio de los retóricos de los años 80 ha cedido al discurso pragmático utilitario que sólo repite frases y pensamientos aislados de toda realidad social.

Esta declaración puede parecer  romántica. Pero sin duda alguna de no superar las urgencias academicistas, el derrumbe será inevitable y se esteriliza la conciencia universitaria.

A nuestros estudiantes la sociedad les vende la idea de no pensar, entendida esta, desde luego por no cuestionar, no hacerse preguntas, no discutir, no debatir, no interpelar. Parece que sólo esperan certezas claras y distintas, dentro de una pragmática cartesiana. Solo desean aseveraciones y verdades incuestionables: como diría Zuleta citando a Kant en su lectura del ensayo “Qué es la Ilustración” son espíritus que viven en minoría de edad.

A MANERA DE CONCLUSIÓN

Hoy nuestros jóvenes universitarios, tienen más y mejores herramientas; disponen de más libros, mejores medios tecnológicos para acceder al vasto mundo de la información de cualquier pensador o filósofo pero aún así se lee sustancialmente menos, se comprende poco y lo que es peor no hay interés por profundizar en los problemas filosóficos o científicos de la actualidad.

El error es nuestro desde luego, porque los docentes no hemos superado la cátedra magistral, la misma que le ahorra la tarea de indagar, de investigar, de cuestionar al estudiante. El error radica en separar la vida académica de los libros y peor todavía, el no propiciar espacios para el desarrollo de habilidades discursivas, practicas argumentativas y competencias conversacionales, que posibiliten la interpretación de los problemas planteados.

Es un error de los jóvenes universitarios,  al pretender vivir sólo por vivir, sin reflexionar críticamente la existencia. No olvidemos que vivir en sociedad implica necesariamente poderse comunicar eficazmente con otros. Entre más competentes seamos en la comunicación, más probablemente será la posibilidad de integrarnos, relacionarnos y resolver nuestros problemas.

BIBLIOGRAFIA

Habermas, J., Teoría de la acción comunicativa, vol. I  y  vol. II. Madrid, Taurus, 1987.

Perelman, C., y Olbrechts-Tyteca, L., Tratado de la argumentación. La nueva retórica. Madrid, Gredos, 1989.

Searle, J., Actos de habla. Madrid, Cátedra, 1980.

Toulmin, S., Los usos de la argumentación, Barcelona, Ediciones Península, 2007.

Weston, A., Las claves de la argumentación. Barcelona, Ariel, 1994.

Gómez, Adolfo león. Seis lecciones sobre teoría de la argumentación. Editorial Alego.



[ii] Ospina, William. (Padua- Tolima 1954) Escritor ensayista y poeta, cuyos temas son una radiografía de Colombia en tercera dimensión.

[iii] Maya Correa, Ricardo. Rector Universidad Santiago de Cali, autor del PEISA, Proyecto Educativo Comprometido con el ser.

[iv] Popper, Karl. Considerado el más grande filósofo del siglo XX. Piensa Popper que el progreso más importante de la modernidad es que estamos dispuestos a escuchar las críticas fundamentales y aceptar las sugerencias razonables para mejorar nuestra sociedad.

 

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