Reflexiones sobre las concepciones de universidad

Creado en Sábado, 31 Octubre 2015

 

Recuperamos el análisis que hace el profesor de la Universidad Simón Bolívar, en Barranquilla, Hugo Alvarez García (en 2009), sobre las diversas concepciones de la universidad, tras las cuales concluye, entre otros aspectos, que una universidad sin crítica pierde su razón de ser, una universidad sin pensamiento técnico se desvanece en la imposibilidad de existir, y una universidad con abulia simbólica no vale la pena, pues se enferma y se vuelve irremediablemente triste.

Síntesis: Intentamos en este trabajo tomar los modelos de universidad en el mundo, como han sido expuestos por los autores Dréze y Debelle, para desde allí realizar una reflexión sobre la universidad colombiana. En esta perspectiva, inicialmente realizaremos un resumen de los modelos, de la llamada por nuestros autores universidad del espíritu, para luego describir la universidad del poder, y luego realizar un aterrizaje hacia un análisis de las universidades colombianas.

Del autor: Hugo Alvarez García, docente investigador de la Universidad Simón Bolívar, Barranquilla, Colombia. Estudiante de la Maestría en Educación de la Universidad Simón Bolívar, Barranquilla, en revista digital de esa institución, en 2009, disponible en línea

La llamada universidad del espíritu

El término universidad del espíritu engloba tres enfoques de la universidad de estirpe liberal. La versión anglosajona muy bien expuesta por J. H. Newman, concibe la universidad como medio educativo, para forjar el espíritu, conceptúa que el hombre aspira en forma natural al conocimiento.

Señala que se educa para la vida, y que la conservación y transmisión del saber intelectual en la universidad constituyen una tarea autónoma, la universidad es por tanto un lugar de enseñanza. El mismo Newman idealiza la universidad como centro de enseñanza universal, planteando que aunque esa universalización es de difícil logro, se deben realizar, especialmente a través de la parte profesoral, agrupando hombres eruditos llenos de celo por su profesión, que realicen intercambios familiares en aras de la tranquilidad del espíritu.

La idea de educación liberal en la versión newmaniana, señala que la educación es liberal solo cuando lleva en sí misma su justificación, cuando no espera consecuencias ni complementos, cuando esquiva ser para un fin.

En la tradición liberal de la universidad inglesa también aparece el vínculo unificador. En el siglo XIX el teólogo John H. Newman consideraba que la universidad debería, proporcionar, ante todo, un hábito espiritual alimentado por la congregación de hombres eruditos, quienes crean así una atmósfera de pensamiento puro y claro que el estudiante respira también, aunque se dedique solo a algunas entre la variedad de disciplinas. Se beneficia entonces, de una tradición intelectual, independiente de maestros particulares, que lo guía en la elección de asignaturas y en su correcta interpretación. Percibe de una manera singular los grandes límites del saber, los principios sobre los cuales descansa,

el escalonamiento de sus partes, sus luces y sus sombras, sus grandes y sus pequeños lados. Su educación merece entonces el nombre de liberal. Se constituye así un hábito espiritual, duradero de por vida, y cuyos atributos son la libertad, la igualdad, la ponderación, la moderación y la prudencia.

La inteligencia no se someterá en forma total para ningún fin, sino para si misma, dándole prioridad así a la formación intelectual sobre la profesional, sería, la verdadera preparación profesional en el largo plazo.

En un modelo de universidad como el que se está planteando, los principios de su organización descansan en el proceso de desarrollo intelectivo, amparado por instituciones de fuerte dirección como los internados y las tutorías, se destacará por tanto el cultivo de las facultades mentales y de la reflexión profunda, esto conlleva a un total rechazo del memorismo y la erudición enciclopédica, se trata de resaltar la comprensión, la retórica y la argumentación.

Mientras la concepción anglosajona destaca la educación como medio, para fines trascendentales, la versión alemana que veremos a continuación, releva la búsqueda de la verdad, colocando así la ciencia en primer plano, pues sería esta el escenario pertinente que realiza la búsqueda de las certezas. Si bien es cierto que la institución universitaria conoció en Alemania el extraordinario privilegio de ser tema de reflexión de grandes filósofos como Kant, Fichte, Scheling, Scheirlemacher, Wilhelm von Humboldt, este último fundador de la Universidad de Berlín, no podemos dejar de mencionar a karl Jasperr el representante contemporáneo más conspicuo, de esta tradición intelectual.

Es en la versión jasperiana que se plantea el modelo de universidad teutona, como búsqueda incesante de la verdad en cualquier lugar, es una búsqueda con total y plena energía humana y social. Al ser esta búsqueda tarea de cualquier hombre, de jóvenes, docentes, investigadores, y estudiantes, por tanto la universidad buscará la verdad en la comunidad de investigadores y estudiantes.

Aparece en esta concepción con mucha fuerza la idea de dos unidades complementarias, la primera unidad de conocimiento, la segunda unidad de la investigación y la enseñanza. Pero la verdad buscada y encontrada por la ciencia se basará en la frialdad de los hechos, será por tanto una verdad parcial, verdad que se vuelve débil si se le aplican principios utilitaristas, o se convierte en un fin en sí misma. Necesitará por tanto de la reflexión filosófica, de la integración de las ciencias, la universidad aparecerá así como un centro de gravedad integrador, representando la totalidad del conocimiento, la comunicación entre investigadores jugará un papel esencial y será apoyado por la universidad.

Según Jasper enseñanza e investigación se enlazan, al considerar la enseñanza como un primer momento de la investigación, al desarrollar el aprendizaje el estudiante trabaja al lado del maestro, creando la actitud científica, esta actitud será el soporte de toda gestión intelectual válida, adquiriéndose en el contacto con la investigación viva.

El principio de unidad de investigación y enseñanza, conllevará a onsecuencias determinantes, como las siguientes:

Solo el investigador puede verdaderamente enseñar.

Concebida como iniciación a la investigación, la enseñanza puede adoptar múltiples formas, cuya selección varía según niveles, personas, asignaturas, etc.

El método de enseñanza permanece “socrático por naturaleza”, el objetivo principal es estimular la reflexión personal.

Aunque los estudios universitarios preparan para el ejercicio de una profesión intelectual, el desarrollo de la actitud científica sigue siendo primordial.

La iniciación científica es un privilegio reservado a una minoría, la universidad debe destinarse a los mejores.

El desarrollo de la actitud de investigación, termina sobrepasando la simple instrucción para convertirse en formación.

Si en la versión inglesa la sociedad aspira al conocimiento, en la alemana a la verdad, en la norteamericana es el progreso la piedra de toque en la educación superior. Withehead escribirá:

La existencia de una Nación esta determinada por una relación muy estrecha de elementos progresistas de todo género. Las universidades son los principales agentes de esta fusión de actividades progresistas, en un instrumento eficaz del progreso.

Es aquí donde se concibe la educación como instrumento de utilidad, progreso y utilidad de la educación irán de la mano como piezas claves, para entender la versión utilitarista norteamericana de la educación.

En el pensamiento witheadiano, la universidad tiene como razón de ser la fusión de la imaginación con la experiencia, del impulso creador con la ciencia adquirida, reflexión inventiva sobre todas las formas de saber. Se trata entonces de integrar dentro de la investigación y la enseñanza, elementos claves para el progreso como la inventiva, la imaginación, la creatividad, el descubrimiento, integrando socialmente las generaciones, pero también diferentes tipos de investigación; estos enlaces solo lo podrán hacer las universidades.

La universidad del poder

Las universidades del poder las podríamos referenciar como las universidades del poder político y estatal, se presentan aquí dos versiones de fuerte influencia gubernamental, aunque de naturaleza distinta. Para el caso francés tenemos el molde de la universidad napoleónica, sujeta a mantener y conservar el poder monárquico, se trata entonces de que la educación universitaria contribuya a mantener un poder central fuerte, se trata la instrucción como un medio de adocenar las conciencias, en donde los docentes serían los gendarmes de este accionar. En esta perspectiva la universidad contribuiría, a la difusión de una doctrina común, dicho de otra manera, una mentalidad general idéntica, que atenúe las disparidades de criterios.

La universidad napoleónica contubernia con la religión católica para el ejercicio de la gobernabilidad educacional, de esta forma los preceptos de la religión católica, harán parte sustancial de la enseñanza.

El modelo francés de educación superior privilegia para su accionar el cumplimiento de estrictas políticas de Estado que den lustre a la Nación, y consoliden el poder gubernamental.

La primera idea encontrada en el modelo universidad como factor de producción es la transformación social, un papel clave tiene la educación superior para construir la sociedad socialista.

Un segundo elemento que marca toda la educación superior es el de planificación, este concepto esencial comanda no solo la economía sino otras instancias como la educativa, de tal manera que lo que se enseña, y la actividad científica, están regulados por el Estado central planificador en los llamados planes quinquenales para el caso de la desaparecida URSS.

El tercer elemento es ideológico y científico, la educación universitaria es un centro por excelencia para consolidar la ideología proletaria y difundir los conocimientos científicos.

Universidades colombianas

Las primeras universidades colombianas durante la dominación española, fueron el resultado del sistema de universidades de poder instaurado por la corona, con fuerte ascendiente religioso católico. La influencia religiosa siguió manifestándose monopólicamente durante los siglos XIX y XX.

Cuando al influjo del desarrollo capitalista se cambia el perfil de una universidad de poder con fuerte influencia religiosa, a una relación entre universidades públicas y privadas laicas que tratan de instaurar un modelo de universidad del espíritu, sin desarrollar plenamente ninguno de los dos modelos liberales, ya sea el anglosajón o el alemán.

Podemos decir que los modelos de universidad en Colombia desarrollaron durante el siglo XX una precaria síntesis de las concepciones anglosajonas y francesas, destacándose el intento de superar este impase con la implementación de los esquemas norteamericanos, sabemos que este diseño está orientado fuertemente hacia el mercado con nociones de eficiencia empresarial, que incluyen conceptos claves como la innovación, la creatividad y la funcionalidad.

Podemos decir también que en la construcción de institucionalidad a nivel de educación superior han participado diferentes sectores de la sociedad colombiana, logrando resultados diversos de acuerdo a la óptica que se les mire. En esta perspectiva podríamos hablar de sectores empresariales que han tratado de moldear universidades de corte liberal, en su versión norteamericana caso de las universidades del Norte y de los Andes de Bogotá. También podríamos referirnos a una universidad política en diferentes y contradictorias versiones, desde aquellas maniatadas en todas sus actividades por las políticas de Estado, hasta otras de corte popular en donde han marcado influencias considerables los movimientos de docentes y estudiantes.

Queremos señalar una crítica más amplia dentro de la primacía que está tomando la universidad funcional, se expresan acuciosamente las exigencias del Estado, del mercado y de distintos estamentos sociales, en torno a la clase de servicios y a la calidad y oportunidad de los mismos que la educación superior debe ofrecer.

El “para qué” de la universidad está orientado principalmente a satisfacer necesidades originadas en el binomio trabajo-empresa, donde el término “empresa” puede reemplazarse, según las connotaciones a ponderarse, por “sector productivo” o “mercado”; en la relación existente entre el desarrollo socioeconómico y el desarrollo científico-tecnológico en la sociedad de la información; y en los desafíos que plantea la globalización a los países y las regiones del planeta. En este contexto, la educación en general y en especial la educación superior están llamadas a desempeñar un papel estratégico para las sociedades subdesarrolladas, signadas por índices inauditos de inequidad y descomposición social. Tal es el caso de un país como Colombia donde la tercera parte de su población vive en la miseria y las dos terceras partes de la misma en la pobreza, y donde la escolaridad es un factor relacionado con la ampliación paulatina de la brecha entre ricos y pobres.

La anterior aseveración involucra a la universidad pública, supuestamente comisionada para democratizar la educación, con el fomento de la inequidad. Y esto sin contar que la universidad colombiana, especialmente la pública, se desarrolla en un tiempo lento respecto a la celeridad que el sector productivo trata de imponer a sus procesos.

El enfoque tecnocrático y neoliberal que ha caracterizado a la dirigencia política y empresarial colombiana en los últimos lustros, está relacionado con esa restricción institucional en la formación de las élites del país, pues la misma comporta un alineamiento escolástico: la doctrina del capitalismo del laissez-faire.

De ahí que la irresponsabilidad y el daño irreparable de una política que hurta el liderazgo de la educación a los poderes públicos, la convierta en una mercancía para el mejor postor, y traspase su protagonismo hacia la esfera de znos intereses puramente monetarios, que esconden su ideología de exclusividad, y su ética individualista bajo el paraguas de la libertad de elección. En el caso colombiano, la política de fiscalización de la universidad pública promovida por el Estado está dictaminada, en cierta medida, por la doctrina del laissez-faire.

La pretensión del Estado de incrementar la masificación de la educación superior deja intacto este engranaje. La universidad funcional deviene institución conservadora: pasa a ser un factor de conservación y de perpetuación, de las estructuras de poder ancladas en el sistema. Se sacrifica la idea fundante de la universidad moderna.

Actualmente algunas universidades han recogido las preocupaciones del debate de dos culturas. Se asume que la cultura humanística o de las humanidades y la cultura científica o científica-tecnológica han cogido caminos diferentes y, a menudo, contrapuestos.

Así las cosas, muchas veces la bipolaridad toma las formas de la oposición entre lo humano y lo técnico, entre un pensamiento preñado de una subjetividad que reivindica permanentemente la afectividad y la pasión y un pensamiento que se quiere estratégico, que minimiza al máximo los márgenes de error en la previsión de resultados que han de corresponderse con criterios inflexibles, con cifras e indicadores precisos. En este escenario las posibilidades de diálogo son mínimas: para el técnico el humanista es un retórico y un soñador que piensa en “caliente”; para el humanista el técnico es un rígido, que se atreve a meter la proteica realidad en una cuadrícula.

Si convenimos que la universidad es un lugar donde caben personas con formación e intereses heterogéneos aceptemos que ahí, mal que bien, conviven o se yuxtaponen diferentes racionalidades.

Estas racionalidades existen de una u otra manera. El problema estriba en la relación de sorderas mutuas en que suelen encontrarse. Hablamos entonces de racionalidades yuxtapuestas, de la incapacidad de quienes las detentan para situarlas en una perspectiva dialógica. La universidad necesita que cada racionalidad, sin sacrificar su originalidad, se asome a mirar y a comprender las otras, y más allá, a crear fecundos espacios de intersección. Una universidad sin crítica pierde su razón de ser, una universidad sin pensamiento técnico se desvanece en la imposibilidad de existir, y una universidad con abulia simbólica no vale la pena, pues se enferma y se vuelve irremediablemente triste.

Las disciplinas, las profesiones, los distintos programas académicos, cualesquiera sea su naturaleza, deberían moverse entre las distintas racionalidades, sin perjuicio de fijar su acento, su perfil, en alguna de ellas. La universidad debe fomentar esta dialéctica de lo uno y lo múltiple, que un pensador como Jaspers reclamó para esta institución, pues para él la unidad de esta radica en su idea: la búsqueda de la verdad proseguida en todas partes sin coerción alguna. En la tradición alemana que Jaspers actualiza, la columna vertebral que estructura en la universidad la pluralidad del saber no es otra que el vínculo necesario entre verdad, humanidad e investigación libre. Para el filósofo francés Jacques Derrida “esa libertad o esa inmunidad de la Universidad, y por excelencia de sus humanidades, debemos reivindicarlas comprometiéndonos con ellas con todas nuestras fuerzas”. Sin embargo, en la perspectiva de la universidad funcional, comprometida y atenta a los requerimientos sociales, Derrida, desechando la posibilidad de la síntesis hegeliana y refiriéndose a esa incondicionalidad crítica de la universidad, plantea que “es preciso cambiarla reafirmándola”, pues, sin soluciones dialécticas, “implicará siempre, a su vez, una profesión de fe preformativa, una creencia, una decisión, un compromiso público, una responsabilidad ético-política, etc.”.

Lamentablemente las preocupaciones de las dirigencias políticas y los Estados, al menos en Latinoamérica, parecen coger por otros caminos. En Colombia se acentúa cada vez más el divorcio entre los tecnócratas y los intelectuales. El intelectual, por lo general, no puede trascender los círculos de su comunidad académica, de la discusión especializada. Su influencia en una opinión pública modelada por los medios masivos es precaria, mientras para la tecnocracia no es mucho más que un personaje anodino.

En la lógica de este texto podemos definir la tecnocracia como el gobierno ejercido por personas que detentan una racionalidad técnica a despecho de las otras racionalidades.

Para un economista descalzo como Max-Neef se trata del “mejor acercamiento posible para pasar del saber al comprender”. La realidad es inmensamente poliédrica y compleja como para que pueda ser mirada unidimensionalmente, como para que el empeño humano de entenderla pueda quedar atrapado en la celda de una disciplina que ha identificado una pequeña parte con el todo. La apreciación que hace Ricoeur al respecto es contundente:

“En oposición a la especialización en conocimientos y técnicas, que tiende a una fragmentación comparable a la del trabajo manual, la Universidad debe poner la mira en una iniciación que recaiga sobre los aspectos más generales de la ciencia moderna. Es esta la razón por la cual la enseñanza debe tender a la liberalización y a la desprofesionalización, debe ofrecer a los estudiantes selecciones múltiples y combinaciones variables; debe multiplicar las investigaciones interdisciplinarias y fomentar los institutos interdepartamentales, de modo que los conocimientos especializados puedan ponerse siempre en perspectiva con respecto al movimiento global de la cultura: ¿Puede un médico ignorar la psicología y las ciencias sociales, en un tiempo donde la mitad de sus pacientes están enfermos a causa de su propia civilización? ¿Un arquitecto puede ignorar la biología humana o la sociología urbana, o un ingeniero la economía política?”.

Universidad y cultura

Pensamos que la concepción de universidad que necesitan alentar las regiones en un continente como Latinoamérica o en un país como Colombia, debe propiciar el encuentro entre cultura y civilización. Para el efecto, es necesario que la universidad repiense temas como la identidad de las culturas y las regiones, la multiculturalidad y la interculturalidad, y las relaciones entre identidad y globalización. Llamaremos la atención sobre aspectos como la conveniencia de superar la visión esencialista de la identidad, que la concibe como un referente metafísico anclado en algún lugar del pasado, y cuya reinstauración comprometerá los esfuerzos del presente y las previsiones del futuro. Esta visión promueve un discurso conservadurista y purista de la cultura que desconoce en esta su talante creativo y su proyección como factor de desarrollo. En cambio, necesitamos pensar la identidad cultural en un devenir histórico, en una fluidez geo-temporal, que dé cuenta de su naturaleza cambiante, construible e, incluso, elegible.

La identidad cultural no solamente es memoria, es también imaginación y, por ende, creatividad. En regiones como la nuestra, de gran diversidad étnica y de múltiples ascendientes histórico-culturales, la multiculturalidad debe ser asumida como una posibilidad de encontrar la cohesión social que hemos perdido en la asunción imaginativa de la diversidad que nos surca por dentro y que nos viene desde afuera. La comprensión de los flujos identitarios en el marco de la multiculturalidad puede conducirnos, en tanto región, a ser sujetos de procesos auténticamente interculturales.

No se tratará, entonces, de la suscripción de contratos leoninos con la cultura-mundo que es pautada por los centros metropolitanos, sino de tener las condiciones para que nuestras culturas regionales o locales interactúen dignamente con las otras culturas en el contexto de la globalización. Pensamos que la universidad, al concebir sus modelos y sus planes de desarrollo, debe tener en cuenta estos aspectos.

El modelo de universidad que pregonan algunos adalides de la globalización, plantea la internacionalización de los procesos formativos y la homogenización de los fines educativos. Se argumenta el carácter irreversible de los cambios generados y la condena al ostracismo y la desaparición de aquellas instituciones que se mantengan a espaldas de los nuevos desafíos. Nosotros pensamos, al contrario, que la profundización en nuestras particularidades, en nuestras potencialidades históricas y culturales, en el autoconocimiento como sujetos de desarrollo, constituyen factores imprescindibles para acometer con dignidad y solvencia los desafíos, las ventajas y las desventajas que la globalización impone a la inmersión acrítica de la universidad latinoamericana en una globalización homogenizante.

De nuestra parte, podemos decir que la diversidad en el desarrollo de las universidades latinoamericanas no solo se debe a los distintos entendimientos de la democracia que han tenido las élites nacionales, sino ante todo porque se correspondía con realidades disímiles en lo étnico, en lo geocultural, en lo histórico. Ante la misma preocupación, Rafael Puyol propone “cuatro elementos claves para diseñar una auténtica respuesta desde la educación a los retos que plantea la globalización: el fortalecimiento de las identidades culturales, la apuesta por las nuevas tecnologías, la conversión de la educación en un mecanismo de cohesión e integración social y el refuerzo de la educación en aquellos valores estratégicos para la supervivencia de la democracia” entenderse los procesos de heteroevaluación, de acreditación, de internacionalización de  los currículos, etc.

Pensamos que la universidad colombiana puede acceder, con los recursos casi vírgenes de la creatividad de las culturas que representa, a las perspectivas múltiples que implican la “idea” de una universidad que despliega su razón de ser sin condiciones, y su responsabilidad frente a las demandas por los problemas de las realidades sociales que la circundan. Esperamos que nuestras universidades puedan mirar al mundo sin complejos, sin soberbias y sin servidumbres.

Conclusiones

La universidad es un lugar de encuentro de lenguajes que simultáneamente se diferencian y se subsumen entre sí. Atender a esa naturaleza polilógica, sinfónica y multidimensional de la universidad, induce a superar las visiones unilaterales presentes en modelos pregonados actualmente desde diferentes instancias y que se corresponden con un concepto restringido de educación superior. La interpenetración de lo uno y lo múltiple se manifiesta a través de rutas disímiles, que se alejan, se interceptan y confluyen en un mapa signado por la complejidad. En esta oportunidad señalamos en ese mapa tres ejes de reflexión, que, en el contexto de las universidades regionales de nuestro país, revisten particular importancia:

La antinomia entre la idea de universidad y la función de universidad, señalada por autores como Dréze, Debelle y Ricoeur, debe inscribirse dialéctica o implicatoriamente en una concepción que atienda las funciones (compromiso con: una sociedad que demanda soluciones a sus graves problemas, los requerimientos de operarios calificados por el mercado laboral, las exigencias de adaptación e innovación de tecnologías, la necesidad de orientar el proceso de inscripción de las comunidades locales en el mundo de la globalización, etc.) sin sacrificar la idea. Y que atienda la idea (el ejercicio del pensamiento crítico, investigativo y creativo sin restricciones de ninguna naturaleza, en provecho de un derecho detentado por toda la humanidad) sin sacrificar las funciones.

Es lógico afirmar que todos los aspectos y relaciones de la realidad que de una u otra manera comprometen la idea y la función de la universidad, son susceptibles de constituirse en objetos de reflexión crítica. Pero la racionalidad que detenta el pensamiento crítico debe simultáneamente subsumir las otras racionalidades, como la técnica administrativa y la simbólica, y construir dialécticas o trialécticas con ellas.

Cada racionalidad debe implicar el espacio en el cual se expresa con los espacios de las otras. En las universidades latinoamericanas y colombianas, y particularmente en las regionales, se visualiza con nitidez el grado de problematicidad alcanzado por las relaciones entre civilización y cultura, entre el desarrollo de la cultura mundo y el devenir de las culturas locales. El pensamiento crítico puede nutrir la autoconciencia de las regiones y comunidades en torno a las posibilidades creativas de las “canteras” culturales que detentan. Los conceptos de cultura creativa y de crítica cultural pueden abrir caminos para la restauración del tejido social, el fortalecimiento ético-político interno de las comunidades y la maduración de términos dialógicos entre autonomía y heteronomía en los procesos de desarrollo y de inscripción en el mundo civilizatorio y global. La apertura que se le pide a la universidad debe pasar por el eje de la llamada cuestión cultural.